se le perdió el mapita y pensó que
en áquel mar de gente y de carros
bien podría sobrevivir sin pedir
más direcciones que las de los parques
aledaños.

porque lo único que necesitaba para
no añorar de más su lindo y pequeño
país era sentarse en un poyo a ver el
tiempo pasar y decirle un par de piropos
a las chavalas gringas, talvéz.

después, subirse al metro y silbar para que se
detenga, como con la periférica josefina.

y finalmente, comprarse un pretzel y agradecer
con un provechoso «tuanis, mae pura vida!».

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* juepuchica montón de gente.. zaaa!