Y entonces sonó el teléfono y a pesar de las nubes del sueño

que no había terminado aún seguían sobre la cabecera de la cama,

el brazo se movió en un reflejo de lo que el subconsciente había

estado esperando por meses.



Una llamada tan inesperada como esperada.



Y las palpitaciones del corazón no podían competir con los cientos

de pensamientos fugaces que cruzarón su cabeza en aquellos

cinco segundos que se tardó en contestar.



El resto de lo sucedido se concretó en una conversación extraña

pero agradable. Impasible como impulsiva. Real e inventada.



Después de todo, octubre y sus noches son tan oscuras como ciertas,

y los misterios del corazón a veces toman de la mano a la razón.